Cartas de la persistencia

Cuéntenos su victoria cotidiana y personal. 

Las cartas harán parte del archivo epistolar “Cartas y conflicto.” 

Biblioteca Luís Ángel Arango del Banco de la República, el Instituto  

Pensar de la Pontificia Universidad Javeriana y la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá. 

A un lector desconocido: 

    Hubo un día que no quise saber nada más del mundo, un día en el que mi vida vivió a la deriva y estuvo a punto de precipitarse al vacío. Pero algo más poderoso que la muerte y que la misma violencia que nos anima y azota desde hace más de medio siglo, algo que está más allá de la supervivencia biológica y la lógica del día común, me sacó a flote, y aquí estoy con el canto de la Cigarra de Mercedes Sosa, o con el canto de esta victoria pÍrrica que, sin embargo, ha servido para continuar diciéndome a mí mismo que valió la pena. Por mí, por María, mi mujer y mis hijos, mis amigas y amigos, por mi familia y la gente que tengo la oportunidad de conocer todos los días. 

   Al comienzo fue duro, el desempleo, el sostén de la familia, la dureza de la vida nacional, los estragos espirituales de la violencia política, las madrugadas y las trasnochadas inútiles, mientras los recursos no alcanzaban para soportar la supervivencia, las lecturas de la realidad volcánica nuestra y los miedos al estigma de la vagancia lectora; todo esto, sirvió para templar el alma y buscar desesperadamente las rutas sagradas de la sabiduría. Todavía hay noches y días que mi alma vaga sin rumbo por ese tiempo aciago de la vida, del que ha sido casi imposible recuperarme. A la larga, uno logra saber ahora, que “no todo es color de rosas” como decían los abuelos, y que las rosas también tienen espinas y las espinas las corazas que fortalecen el carácter y las rosas la belleza que harán soportable el camino.  

   Después la existencia se hizo más dura, casi insoportablemente dura, que el escepticismo marcó mi vida. La muerte selectiva de la esperanza y la imposición de caminos de sangre intransitables para la humanidad, hicieron su agosto en mi espíritu y en la poca fe que me quedaba. La patria desapareció de mi vida porque no era yo solo, eran otros colombianos, compatriotas arrasados por la violencia innombrable de los grupos de derecha o de izquierda. La violencia, entonces, como una avalancha de mil cabezas, arrastró todo, la vida, y detrás de ella la poca ilusión y la poca esperanza que me quedaba. ¿De qué podía asirme? ¿De la patria? ¿De la nacionalidad? Todo esto desapareció, pero quedó el mundo, la humanidad, la vida, los autores amados, los amigos y las amigas, mi familia, mis hijos, Roberto Carlos y Melissa Milena, Tibio, el perro de la familia, mi singularidad, mis deseos y mi voluntad de transformación y lo más importante, mi inconformidad y mi poder de resistencia. 

   Entonces, construí a pulso de alma un micromundo para poder vivir como un ser humano, un lugar íntimo en la casa, lugar solaz para el espíritu y para poder plantear desde allí las preguntas más incómodas de la existencia, preguntas que pusieran en duda todo, la realidad y la existencia misma, sin excluir el dolor de las interrogaciones íntimas e inocentes. Este ejercicio, poco a poco me sirvió para ir recuperando la confianza y la fe en la gente y paulatinamente he comenzado a observar otras salidas; sobre todo, no quiero que mis hijos me reclamen mañana, lo que yo no fui capaz de reclamarle a mis padres: ¿Por qué no hicieron nada para legarnos otro país? 

   Experimentar la historia que nos ha tocado en suerte vivir, ha sido tan complejo que todavía no sabemos con certeza qué nos ha pasado; sólo sabemos que hemos llegado hasta aquí porque una fuerza interna superior a nosotros mismos, nos alienta la esperanza y a ésta, la búsqueda de la sabiduría del mundo como el único camino posible para alcanzar el bienestar humano y la paz de la humanidad.  

   La mentira más grande que nos han contado, es esa que nos repiten todos los días los medios de información de masas y los gobernantes de turno, que “la paz de los sepulcros es la paz de los hombres.” Hoy tengo, afortunadamente, la certeza que sobre el cadáver de ningún hombre es posible construir bienestar ni esperanza. Nosotros hombres humildes y desarmados, civilistas para más señas, hemos logrado sobrevivir porque no nos hemos involucrado en ninguna guerra, ni hemos patrocinado ni física, ni política, ni ideológicamente la violencia política; no hemos en fin, empuñado un arma ni para matar un reptil. Creo que aquí está la fuerza interna de la esperanza, en esta civilidad  a prueba de fuego, en este lugar no común que nos alienta a respetar al otro para atravesar almas sin la necesidad de violentarles su tranquilidad, o asesinarlas. 

   Sé que es muy difícil creer en la esperanza cuando el círculo de la estupidez y la violencia arrecian y además se clausura por la dictadura del poder armado; sin embargo, la vergüenza y la dignidad humana nos alientan a continuar y persistir hasta los últimos segundos del último día, porque el destino humano es este, no sólo resistir, también influir para que los demás persistan y nunca pierdan la memoria bendita de la esperanza, aquella que ha hecho posible la escritura de los más bellos poemas y novelas, o la caricia al viento inocente de una mano amiga, mientras el dolor nos carcome por dentro, o el cuidado de los más bellos jardines, o la mano salvadora que se entrega a mitigar el hambre de cualquier ser humano del planeta. La  esperanza no es el lugar de las tonterías, ni el jardín mísero de las rosas muertas; no, es el lugar de lo posible y el espacio donde el arte, es decir, los artistas, logran presentar la construcción de nuevos mundos y nuevos héroes, mundos plausibles para los sueños y la lucha.  

   Todas las noches me pregunto por las razones de la esperanza y todas las mañanas por las mismas razones de los sueños. La montaña no responde, pero la pasión con la que hago las cosas, mis cosas, es el eco de mi existencia. Puedo estar presionado por  el caos más inverosímil, sin embargo, mis sentidos, mi pasión, mis hijos y mi familia, mis amigos y mis amigas, la humanidad… han sido mi faro, el bastón con el cual el invidente no físico que soy yo, se orienta por el camino de la vida.  

Autorizo divulgar la carta para que forme parte del archivo histórico.

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