¿Cómo favorecer la autonomía y la construcción de comunidad en la escuela?

En oposición a la escuela que hemos construido en el país y que fortalece la obediencia y la sumisión, comparto un ejercicio realizado en el Instituto Alberto Merani para favorecer la autonomía y construir comunidad: cada tres meses los estudiantes mayores quedan totalmente a cargo de la institución.

Las escuelas siguen siendo espacios autoritarios, rutinarios y aislados. Se parecen más a laberintos sin salida o a cubículos con las puertas cerradas. La voz del estudiante es tenue en el aula, como también lo son sus preguntas, dudas, hipótesis e intereses. Eso sucede porque se sigue creyendo que el docente “le está transmitiendo al estudiante lo que este no sabe”. El alumno carece de posibilidades para elegir y de opciones para ejercer la libertad. No hay espacio para investigar y no hay tiempo para explorar. Son escasos los dilemas que se abordan y casi nulos los trilemas éticos, ideológicos y científicos. El docente monopoliza la palabra, las preguntas y las decisiones. Al niño se le excluye del juego con el conocimiento, el que involucra la duda y el error. Este no es un ambiente adecuado para consolidar la independencia de criterio. Casi que se convierte en su antítesis: un espacio para favorecer la sumisión y la obediencia ante la ciencia y el poder.

Se podría contraargumentar que hay excepciones. Es cierto. Afortunadamente siempre existirán maestros que hagan un trabajo más creativo, profundo y pertinente en sus clases. Son docentes que todos recordamos a lo largo de la vida, porque en lugar de transmitirnos informaciones convirtieron sus clases en espacios para la reflexión, la generación de preguntas y para favorecer el desarrollo integral.

El problema es que son pocos los que lo logran y, desafortunadamente, por lo general trabajan solos. A pesar de eso, muchos docentes y escuelas creen que su enseñanza es muy poco tradicional. Pero es cuestión de preguntarles a los niños y jóvenes para verificar lo lento que está cambiando la educación en el país. Se podría decir, usando una analogía, que el ritmo de la transformación pedagógica en Colombia es muy similar al que ha tenido Centros Poblados para garantizar la conectividad en las regiones más olvidadas del país.

Hemos construido un modelo de escuela sin nexos entre las asignaturas y, muchísimo más grave, sin vínculos entre las asignaturas y la vida. En la gran mayoría de clases no hay diálogo. Tampoco entre las asignaturas. Se escuchan monólogos, interrumpidos por preguntas que hace el profesor para saber si algún alumno se ha distraído de su explicación. Lo que se enseña generalmente no se utiliza en la vida, y lo que necesitamos en la vida casi nunca se enseña en la escuela. Es una escuela autárquica que solo se sirve a sí misma. No enseñamos a resolver conflictos, a comprendernos a nosotros mismos y comprender a los demás; tampoco a escuchar música, argumentar, organizar fiestas, invertir dinero, enamorarnos o saber quiénes somos y por qué; todavía menos a ser empáticos, flexibles, resilientes, construir utopías, trabajar en equipo o a elaborar nuestros proyectos de vida. Los exámenes son un buen ejemplo de una escuela descontextualizada, vertical, poco dialogante, muy poco creativa, rutinaria y centrada en el poder del profesor.

Mientras eso sucede en las aulas, el Ministerio de Educación Nacional (MEN) sigue hablando muy poco de educación y pedagogía. En tres largos años del gobierno de Iván Duque no ha dicho una palabra sobre la formación de los docentes, la educación inicial, el currículo, las redes de maestros, el aprendizaje, el renacer del movimiento pedagógico, las competencias transversales o el desarrollo integral. Por eso quiero compartir una experiencia que hemos desarrollado en el Merani a lo largo de dos largas décadas. Se trata de un ejercicio para favorecer la autonomía de los estudiantes.

Cada tres meses se entrega el colegio a los estudiantes de los dos últimos cursos para que ellos orienten la institución y decidan qué currículo abordar y cómo hacerlo. Ellos nombran rector, coordinador actitudinal y coordinador académico. Seleccionan a sus profesores para cada curso y a sus coordinadores para cada ciclo. Cada clase la trabajan en binas conformadas por un estudiante de décimo y otro de once. De esa manera cualifican la mediación y permiten que los estudiantes de décimo se preparen para liderar las actividades el año siguiente. Eligen el tema según sus intereses. Puede ser el calentamiento global, la mitología, los Juegos Olímpicos, el arte, el deporte, las culturas indígenas o cualquier otro. Ellos lo deciden. Con tiempo, planean esa jornada pedagógica según el ciclo de desarrollo de sus alumnos y quedan a cargo de las clases y de la solución de todos los problemas y oportunidades académicas, actitudinales y de interacción, mientras todos los profesores nos concentramos en el balance de los estudiantes.

Es un ejercicio de empatía. Ellos se ponen en el lugar de los docentes y hacen propias sus responsabilidades. Aprenden que enseñar es crear las condiciones para que otro aprenda, y precisamente por eso, comprenden que enseñar es mucho más complejo que aprender.

Este simple ejercicio, realizado tres veces al año, transforma las relaciones entre los estudiantes en una institución. Construye vínculos, y de eso se tratan las interacciones. Después de ese día es más fácil que un estudiante mayor salude, converse y juegue con uno menor. Pero, sin duda, a partir de ese instante los estudiantes de los grados mayores de alguna manera asumen el rol de hermanos mayores de los pequeños. Al hacerlo se crea tejido social y se construye comunidad, algo que nos falta por montones en el país.

Es curioso, pero niños y jóvenes no responden según sus capacidades, sino según las expectativas que sienten que tenemos los profesores y los padres sobre ellos. Los estudiantes mayores saben que esta actividad solo se puede llevar a cabo porque confiamos en su madurez, su desarrollo y su libertad. Se sienten reconocidos. Se empoderan. Este ejercicio fortalece su autoconcepto. En educación conocemos este proceso con un bello nombre de la mitología griega. Diríamos que generamos un efecto Pigmalión positivo con el apoyo, las altas expectativas y el reconocimiento que brindamos. Una idea similar defendió Goethe, el dramaturgo alemán, cuando afirmó: “Trata a un hombre tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que puede y debe ser”.

La escuela que construimos en el país perdió de vista lo esencial. A las escuelas deberíamos asistir para volvernos mejores seres humanos: más críticos, más independientes y mejores ciudadanos. Por eso en la nueva escuela necesitamos aprovechar cada día y cada clase para ejercitar la independencia de criterio y mejorar las condiciones para pensar y convivir. Al fin de cuentas, como decía Fals Borda, los seres humanos somos “sentipensantes”.

Desconociendo eso, el MEN sigue hablando de “años académicos” y de “áreas del conocimiento”. Abandonó el corazón de los niños, y con ello descuidó las competencias éticas, las actitudes, la convivencia y la paz. No hay que olvidar que este gobierno prohibió usar el término “paz” en su plan de desarrollo educativo. Todos sabemos que hizo lo mismo en la vida nacional. Bloqueó la JEP, la desfinanció, desconoció a la Comisión de la Verdad, los acuerdos sobre titulación de tierras y le ha puesto todas las trabas posibles a la paz. Está pensando en las elecciones de 2022 y no en la vida de los colombianos, mucho menos en la de los niños y los jóvenes, quizás porque ellos no votan.

Si retornamos a la misma escuela de siempre, toda la sociedad habrá reprobado el año por no haber logrado convertir las dificultades en oportunidades. Ojalá no permitamos que eso pase y seamos los maestros en las escuelas y en las regiones quienes invitemos a un renacer del movimiento pedagógico y a la construcción de una escuela más pertinente para los nuevos y complejos tiempos que le ha tocado vivir a la humanidad. Entregarles la escuela a los estudiantes mayores es un paso en la dirección correcta para fortalecer la autonomía y construir comunidad educativa.

* Julián de Zubiría Samper, Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria).

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