La domesticación de la pobreza

La domesticación de los pobres

Un amigo me dijo en cierta ocasión, mientras disfrutábamos de la tarde, que “el que vende el voto, no es un ciudadano sino un cliente.

En este aforismo está concentrada toda la almendra conceptual de la pobreza. Y hay, además, una marca reconocible desde lejos: la inequidad y la desigualdad de clase social.

Claro, la cultura de la pobreza – los hábitos cotidianos de la limpieza, autosubvaloración ontológica negativa, autoconceptos y autoestimas problemáticos, entornos analfabéticos, maneras específicas de relacionarse con el mundo – es un efecto directo del régimen político clasista imperante.

El individuo nace pobre por la herencia política del establecimiento, que lo condena a la supervivencia exclusivamente biológica (comer y comer, o como dijo Jorge Luís Borges en “Medio siglo con Borges” de Mario Vargas Llosa: “…es mejor la prosperidad, superior a la indigencia, sobre todo en una zona pobre, donde estás obligado a pensar en dinero todo el tiempo. Una persona rica puede pensar en otra cosa.”) en un marco de tiempo repetido de más de ciento cincuenta años. Piense, por ejemplo, en la vendedora de la calle que sale todos los días de su casa a vender sus productos caseros como el bollo de yuca, o la arepa. Piense en el ritual familiar de su producción diaria para la venta y las ganancias pírricas para sobrevivir ella y su familia. Piense en su entorno de pobreza y en esta herencia familiar intergeneracional. Piense en los motivos por los que consciente vivir en la pobreza, o piense en su falta de resistencia política. No piense en resiliencia, por favor. Porque salir de la pobreza no es un milagro, sino una posibilidad entre quince millones de aspirantes que también desean escapar de la prisión de los pobres. Es como ganarse el baloto.

Sin embargo, en América Latina la preocupación del statu quo del Establecimiento perturba el futuro. Marcela Meléndez, economista jefe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en América Latina, cree que “una alta proporción de las personas que están o se sienten en la parte más baja de la pirámide de ingresos no tiene expectativas de mejora ni para sus hijos ni para la generación que viene”. Porque siguen prisioneros del pasado y el presente. (ver El tiempo, Como vamos, no vamos bien. Ricardo Ávila Pinto. Oct 17-2021)

Nadie quiere ser pobre, pero para empezar a salir de la pobreza tiene que haber un cambio en la mentalidad ciudadana del pobre, transformación direccionada al conocimiento de la historia humana, regional, local y nacional. Una nueva orientación de conducta democrática para dejar de consentirle el poder a los que tradicionalmente han mandado en el país.

Nadie, además, sale de la pobreza solo, siempre se va a necesitar de partidos políticos serios y decentes, igual se va a necesitar de la prensa escrita, de un columnista, o el autor de un libro recomendado por un amigo y una sociedad verdaderamente democrática, que haya aprendido a convivir con la diversidad, la pluralidad y con los raros o los diferentes. Todo esto para generar los cambios de mentalidad necesarios para la democracia del bienestar humano para todos.

No hay que olvidar que el que vende el voto no es un ciudadano, sino un cliente del sistema político.

Es inconcebible que pocas personas acumulen la riqueza de un país como está ocurriendo en el mundo: 2,153 multimillonarios poseen mayor riqueza que más de cuatro mil millones de personas. Este modelo injusto, excluyente y criminal se está reproduciendo a nivel mundial.

 La acumulación de riquezas forma parte del plan de los más poderosos (capitalistas, banqueros, políticos…) que distribuyen a su antojo los roles de los ciudadanos, ricos, pobres, clase media, miserables. Ellos organizan los planes educativos, la salud y hasta la vida de las gentes, incluyen lo que debe ganar un obrero y las utilidades o ganancias de ellos al final de cada año. Es un capitalismo criminal.

Uno duda que este capitalismo criminal sea parte del clásico egoísmo humano, es algo más perturbador, más enfermo. ¿Realmente se pueden reconocer a estos multimillonarios como verdaderos conciudadanos? ¿Les preocupa acaso la humanidad? ¿Y si no les preocupa la humanidad se pueden considerar sujetos peligrosos para la supervivencia del mundo?

Ahora, para pensar y preguntar con Juan Carlos Flores, el autor de Los que sobran: “¿Por qué aceptamos el hecho que nos pusieron a sobrar en nuestro planeta y no somos capaces de creer que tenemos todo en nuestras manos para cambiar nuestro destino? ¿Qué nos impide actuar con audacia?”

¿Por qué los pobres consienten la dominación política? ¿Por qué los días especiales de elecciones políticas en los que deben rebelarse no lo hacen? ¿Por qué la educación pública no nos ha servido para fortalecer la democracia colombiana? ¿La educación es la domesticación de los pobres?

Coda: La prensa en general informa de las reincidencias de los delincuentes comunes. Pregunto: ¿Y acaso los delincuentes de cuello blanco no reinciden? 

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