Juanchi

El bacán del barrio nuevo no sabe qué hacer con su vida. 

Quince minutos con el genio del aburrimiento. 

La tele lo entretiene, igual el dominó de la esquina, donde es siempre el ganador. Tiene 21 años de edad, Y son 21 años mamando gallo en la cuadra, estudiando a la fuerza. Le importa un pito el país, sus intentos camaleónicos por la paz, pero lo que más le gusta de la tele son los partidos de fútbol, sobre todo el internacional, porque el fútbol local es doméstico, como los partidos de bola e trapo en el estadio de la calle del barrio. 

Perfil elaborado por E. Driscu 

Juanchi vive en el Dos de Marzo, un barrio “arrimao” de la ciudad, compuesto por víctimas y desplazados de la guerra nacional. Acaba de salir del baño con unas chancletas viejas y tan arrugadas como su octogenaria abuela, toalla enrollada en medio cuerpo como una boa constrictora. Los pobres como él, omito la palabra miserable para no ofender a nadie, también tienen su glamour y el olor que emana de su esquelético cuerpo es el aroma del jabón perro azul de la tienda, con el que bañan los perros en la cuadra. Su casa está construida en piedra y cemento y está en obra negra (me viene a la memoria el título del libro de Leila Guerreiro: Zona de obras.) Su casa Tiene dos entradas fatales, porque él no tiene escapatoria en caso que haya que salir huyéndole al diablo: en la del patio hay un abismo insondable y en la que está en todo el enfrente, un CAI. No hay ventanas, solo rejillas, y el calor cuando el sol prende motores es infernal. Messi, el futbolista que él admira, aquí se moriría por las fallas de la presión arterial. 

Juanchi vive sin el manual de instrucciones llamado proyecto de vida. No es necesario, solo se vive para experimentar la miseria y la supervivencia biológica de los seres humanos excluidos, no otra cosa, y para vivir el instante. No hay pasado ni futuro. Al carajo, pienso yo, con esas vainas de los entrenadores ontológicos. 

Cuando le digo que quiero una entrevista con él, se muere de la risa y se ríe como un loco de la ribera. Entonces uno de los policías vigilantes del CAI se asoma y sin saber porqué se contagia de la risa, pero es una risa fallida. Y el pobre hombre verde y aturdido en el no sé qué, regresa su cabeza al sitio de donde salió. 

Juanchi al lugar más lejos que ha ido es Santa Marta y él ha viajado en esos paseos contratados por algunas familias para satisfacer un niño que quiere conocer el fausto mar. ¿Qué imagen tendrá este niño del océano? Son esos susodichos paseos donde hay que pagar previamente el pasaje. “Llevamos la comida hecha, me dice, arroz, pollo guisado y agua de panela.” Después quedan las nostalgias de las fotografías, hasta que se presente una nueva oportunidad. “Santa Marta, dice, me la imaginaba como una ciudad próspera, pero no, es otra ciudad más, con la única diferencia, que tiene un mar, que es como un monstruo de la infancia, devorador de barquitos de papel.” 

–          Lo pasamos bacano, repite, espectacular, cuerpos semidesnudos, unos manes tomando fotos, cervezas y la novia de siempre. 

–       ¿Qué fue lo que no te gustó de Santa Marta?    

–          La mierda, que nada como otro cuerpo vivo más en el mar. 

–          ¿Habías venido antes a la samaria? 

–          Sí, otras dos veces, cuando estudiaba en el bachillerato, ya sabes, Bolívar, el Libertador, durmiendo su sueño eterno en la ciudad. Bolívar nació en Caraca comiendo hierba como una vaca, se acuerda. Y ríe. 

Estamos sentados debajo de un árbol de mango descuajado de hojas, cara a cara, con nada más que el aire, el sol y la raquítica sombra. Habla rápido y concentrado en mis ojos, no tiene nervios, pero se advierte una ansiedad en el cuerpo. Ordeno a un niño que le traigan una Coca Cola y un pan de sal para que se calme y efectivamente se calma. “Nojoda, me dice, me hacía falta, son casi las doce, viejo.” 

–          ¿Alguna vez te has enfermado? 

–          Cuando niño, catarro, pero ahora de viejo, nada, solo de amor. 

–          ¿Cómo así? ¿Nos enfermamos de amor? 

–          El cacho, viejo, el cacho enferma aunque uno no quiera, los amigos se enteran y uno se muere de vergüenza como si uno fuera culpable de un crimen no cometido. 

–         ¿Conoces a Messi? 

–          Sí, claro, admiro mucho al enano. Es mejor jugador que el fantoche del portugués Cristiano Ronaldo, 100 a 50. 

Me detengo en la figura calaca de Juanchi, flaco como una Mariapalito, pero con los pies descansados de tanto no hacer nada. Me pregunta el porqué de la entrevista y le digo que no es fácil encontrar a alguien como él, flaco, flojo y con novia. No eres Superman, le digo, ni Messi, pero tienes tú no sé qué que atrae a mucha gente. Debe ser porque alguna vez estuviste en la pandilla de Los africanos. 

–          No joda, loco, ¿quién fue el que hurgó en mi pasado juvenil, o eres acaso el agente 007? 

–         ¿Ves cine? 

–          Bueno, los fines de semana, especialmente el domingo, porque el entretenimiento de la TV nos da cuerda para tenernos quietos en casa, controladitos. 

–         ¿Cuál es el actor que más te gusta? 

–          Hay uno, Esteven Seagal, por embustero, él es una escuela para las mentiras, nadie lo toca, el man se la sabe toda, porque les advierte a los bandidos qué cuidado con tocarlo. Otra película que me gusta es la de Tarzán. La última que vi, bacana, la selva, los indios, los malos, los gorilas, el paisaje, el río y la mona, la mujer de Tarzán. 

En el lugar donde estamos se han acercado varios curiosos y entre ellos algunos niños, que nos miran con asombros, en especial a Juanchi, que es el campeón del barrio en no hacer nada. 

–          ¿No te aburres? 

–          Nunca, yo no inventé el mundo, ni la pobreza, ni el aburrimiento, nada. A mí me inventaron y me seleccionó el aburrimiento, así como enganchan los equipos de futbol profesional a los pelaos. 

–          ¿Dónde aprendiste el arte de la nada? 

–          En casa y en el barrio, no tienes solo que mirar mi pobre esqueleto de mierda, no hay parques, ni bibliotecas, ni salas de cine, nada, también tienes que observar a este ejército de varados de la cuadra para que veas que no tienen edad. Yo soy a apenas una muestra del modelo nacional. La culpa no es nuestra. ¡Malditos gobiernos de ricos! 

–          ¿Seguramente no sabes qué es vacacionar? 

–          No, pero voy en contravía, cuando algún vecino me paga para que haga algo, lo arreglo de una pluma, por ejemplo, o alguna teja mal puesta, algo, entonces dejo mi vacancia y trabajo a destajo. Así son mis vacaciones. 

Me dice fuera de micrófono, que no es fácil ser un desaliñado sujeto varado, porque serlo tiene un peso elevado en la sociedad y en la conciencia del individuo, un costo, porque no hay qué comer y estar sin trabajo, duele. A veces sueña él con ser Messi, con todo lo enano, lo poco hablador y lo flojo que es. Eso lo dice él, porque yo, el que escribe esta crónica, admira las gambetas y genialidades futbolísticas del argentino. Sueño, sigue diciendo Juanchi, en su riqueza, porque seguramente no sabe qué hacer con tanto dinero acumulado. “Cuando yo estaba más pelao, tenía la fantasía de ver caer un avión repleto de dinero, un avión banco para nosotros los pobres y caído del cielo aquí contra la calle principal del Dos de Marzo.” 

Hasta este árbol raquítico llegan varios perros, uno de ellos prácticamente le besa los pies a mi entrevistado, quien lo soba con una ternura que envidiaría un niño abandonado. 

–          Se llama Tobo, usted lo ve aparentemente abandonado, pero no se equivoque, aquí todo el mundo está abandonado a su propia muerte, de tal manera, que hasta los mosquitos están abandonados a su destino de mosquitos. 

–         ¿Cuántas horas duermes? 

–          ¿Quién yo? Ah, bueno, doce horas, porque si me levanto a las ocho tengo que esperar más de cuatro horas para almorzar, la vaina está dura, amigo. 

–          ¿Cuándo eras niño en qué pensabas? 

–          En nada y en todo. Ser niño es un alivio para algunos y para otros es una tragedia, yo estoy entre estos últimos, ocupo el final de la fila, claro que adaptado a la tragedia. Los juegos no me dejaban pensar en otra cosa que en la falta de comida, en la pobreza de casa y del barrio, en las tristezas de las casas, en el sonambulismo de los hombres, en la tristeza profunda de las mujeres. Usted nunca le vio los ojos a mi madre. 

Estos sujetos no tienen ninguna clase de misterio, son así como el Dios Estado los hizo y quiso; si hay que resaltar algo bueno en ellos es que a pesar de todas las cosas, han sobrevivido como sea, entre la mierda del mundo, entre los miedos de la muerte, entre la desesperanza de la vida, entre la vida y la muerte, incluso, sacándole los ojos y robándole la vida a los demás. 

–         ¿Es verdad que consumías marihuana? 

–          Fue en la época del pandillismo, luego me salvé porque me aislé de esas vainas, fue una decisión muy inteligente de mi parte, sabe. Vea, los que se quedaron pegados como chicles al vicio fueron muy estúpidos, algo se les dañó en el cerebro y se jodieron para siempre. 

–          ¿Qué piensas de la vida? 

–          Que es como un soplo rápido que dura muy poco, sales del vientre y luego vez el mundo por instantes, te estalla en los ojos sin saber porqué, y luego viene el aburrimiento. Yo quiero prolongarme más allá de ese instante repetitivo; la vida es un milagro que hay que cuidar, viejo. 

–          ¿Conoces los tentaderos? 

–          No. 

–          Yo tampoco. 

–          ¿Qué es esa vaina? 

–          Es, creo, una especie de coso, sitio de guarda de los toros bravos. 

–          Me querías joder, ¿verdad? 

–          No, mamadera de gallo, viejo.  

–          ¿Quién te enseñó a leer y a escribir? 

–          La seño Georgina, todavía está viva, es eterna, tiene casi cien años. Me regalaba los libros que le sobraban o no quería, libros de toda clase. Le confieso algo, no he dejado de leer aquí donde usted me ve. Yo soy un milagro en el barrio, créame.  

–          ¿Qué te enseñó? 

–          Que la tierra es la madre de todo. Ella era tan tierna, que parecía un helado, ahora es más tierna. 

–          ¿Por qué, por viejita? 

–          No, hombre, porque la ternura se ha concentrado en ella, como lo añejo al vino, viejo. 

Le pregunté a su perro por Juanchi y no dijo nada, le pregunté a un niño y me dijo que era más flojo que un “perro amarrao” y luego a uno de sus amigos y solo soltó dos palabras: aburrido y alegre. Yo le dije a Juanchi, que tal vez se debía a sus pies pequeños y los miró con un dejo de lástima, alzó el izquierdo, lo sobó y dijo que eran sus pies. Y tú novia, le pregunté: 

–          Debe de estar en casa, disfrutando la sombra. 

         ¿La amas? 

–          Como aman los perros. ¡Cuidado se mete con ella, porque lo muerdooo! 

–          ¿Qué es el amor? 

–          Ni los neurólogos saben esa vaina para que usted me haga ahora esta pregunta trabajosa. Nadie sabe, todos tienen sus hipótesis. 

–          ¿Y tú experiencia que te dice? 

–          Qué es amor, nada más eso, amor, pica y roncha.  

–         ¿Qué es la paz para ti? 

–          Es amor, pero un amor oceánico, imposible si quienes nos gobiernan son los malos, los camaleones, los que realizan cambios para que todo siga igual o peor que antes. Eso dicen los que saben, yo solo repito como loro. ¿Usted no ama los loritos? 

–          Siempre ganas en el juego del dominó. ¿Por qué? 

–          No vaya a creer que soy inteligente, ni más inteligente que el perro. Sólo que yo escojo los que juegan conmigo, los selecciono para ganármelos, esa es la clave y en eso consiste mi fama en el juego de la vida. 

Me despido, él aprieta mi mano derecha con la fuerza de un robot, el sol no ha dejado de brillar los cuchillos. Lo dejo y me alejo poco a poco, volteo y ya no lo veo, desapareció de mi vista, solo veo el perro y el pobre árbol de mango, insensible al sol y a la poca sombra que prodiga a quien busca guarecerse en él. Desaparezco y me voy con mi existencia a cuesta.  

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