“Inquieta certidumbre”


Por: Alfonso Carvajal, El Tiempo

Los poetas son héroes silenciosos que transitan en el anonimato y cuya lumbre no se apaga. Es el caso de Julio Daniel Chaparro, quien realizaba con el fotorreportero Jorge Torres la investigación ‘Lo que la violencia se llevó’ para el diario El Espectador, y esa misma violencia se los llevó. Fue el 14 de abril de 1991 cuando un grupo ilegal los asesinó en Segovia, Antioquia.

 Los poetas son héroes silenciosos que transitan en el anonimato y cuya lumbre no se apaga. Es el caso de Julio Daniel Chaparro, quien realizaba con el fotorreportero Jorge Torres la investigación ‘Lo que la violencia se llevó’ para el diario El Espectador, y esa misma violencia se los llevó. Fue el 14 de abril de 1991 cuando un grupo ilegal los asesinó en Segovia, Antioquia.

La Fundación Fahrenheit 451 y el Ministerio de Cultura publicaron el año pasado el libro Inquieta certidumbre, una antología poética y periodística de Chaparro, un legado para que las nuevas generaciones se nutran de sus versos y crónicas. Mueren los seres humanos y queda su obra, como un testimonio de sus circunstancias y luchas.

Nacido en Sogamoso y criado en Villavicencio, Julio Daniel cantó como ninguno la proximidad de la muerte, sabía que un cuervo agorero y amenazante rondaba por el purgatorio que es Colombia. “Si una noche cualquiera me encuentran muerto en la calle…”, o “ese instante de la muerte que aún no tienes / vuela”. Sabía que habitaba un territorio peligroso, de púas que estallan los caminos, donde morir fustigado por las balas u otras anomalías eran hechos comunes. Pero eso no minó su resistencia. Hacía parte de una “generación emboscada”, como la llamó, donde también fue sacrificado Jaime Garzón.

Un círculo perverso donde la impunidad reina en sus aristas. Más que una resignación, cernía en él la esperanza de un nuevo amanecer: “Es mi vecindad el habla cotidiana de la muerte / y sigo naciendo en este nuevo día”. Como el albatros de Baudelaire, era un ser alado, pero enraizado en la tierra, a tal punto que uno de sus editores, Javier Osuna, exclama: “Te va este libro alado. Hombre Pájaro”.

El amor y la naturaleza confluyen en su poesía: “Amor: me está naciendo una hoja”. El deseo florece en: “Muchachas cuya fruta suave queda en el olor aéreo de los cámbulos”. O la trascendencia: “He sentido que en mi pecho hay otras venas / lámparas que exigen luz para otras vidas”.

En un ensayo, Luis Carlos Muñoz Sarmiento recuerda cómo “el viento de la muerte quebró sus alas”. “Hoy solo queda una cicatriz que duele, / profunda, iluminada”, dice el poeta que sirve de epitafio para un país entero. Un país extraño, hosco y silente, que le quitó la vida, pero sus palabras siguen arando en la tierra como los molinos del viento en la memoria.

ALFONSO CARVAJAL

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