El monólogo de la muerte

Estoy muerto y ahora me encuentro postrado en un ataúd y en mundo oscuro, sin relojes ni siglos. 

Los que se acercan a observar mi rostro cadavérico en la urna, ignoran que todavía puedo verles los ojos. Siento el llanto y las quedas voces de dolientes y amigos. Quiero escapar de las cuatro paredes de esta prisión de siglos y gritarle malas palabras a la muerte, que me mira sonriente e indiferente, complacida. Su sonrisa es una simple postura de huesos, una calaca.  Su voz de tumba y de siglos me advierte: “No te hagas ilusiones, irás directo a la pulida abstracción de la nada de donde yo vengo. No hay cielo e infierno. Nada” 

Desilusionado la miro con odio y resentimiento, porque me arrebató el infierno. El cielo es asexuado, contario al infierno, un territorio donde el sexo es una brava fiesta. 

Yo me rio porque los que observan mi despedida no saben nada de nada, ignoran esta experiencia con la muerte. Yo apenas soy un muerto. Eso, un muerto. No hay nada más que decir.

He contabilizado las personas que se acercan a observar mi rostro. No sé qué persiguen o qué buscan. Le escuché a una de ellas decir que me dejaron muy lindo. Creo que todavía esta mujer ignora el arte de arreglar cadáveres, o la tanatopraxia, que es la profesión extraña del cuidado estético del cadáver que regresa a casa. Yo soy un ejemplo de la tanoplastia. Por fortuna no hubo la necesidad de utilizar alguna clase de yeso en mi cuerpo muerto, que vive en rápida descomposición, pero sé que hay que cuidar las apariencias del muerto para la preservación del consumo humano. 

Y solo lo alcancé a entender muy tarde, porque la vecina dijo lo que dijo del muerto. Pregunto: ¿La muerte es bella?  Lo que sé ahora mismo es que la muerte es más que dolor y ausencia. 

Ahora que observo a mi esposa parada frente a mí, me asusto, parece triste y compungida, pero no le observo lágrimas. Solo veo un rostro triste. Reconozco que fui un tirano de siete suelas. En verdad debe estar alegre, o en estado de alegría contenida. Porque un cierto día del mes de enero, después de golpearla sin remedio dijo, gritó muy fuerte para que la escuchara medio mundo: “Irás directo al infierno.” Pero ella y yo sabíamos que el infierno era un simple mito, una mentira de la cultura que cabalgó en nuestras espaldas desde antes de nuestro nacimiento. Y, sin embargo, lo gritó.

¡Qué desilusión! Por lo menos el infierno a mí me hubiera salvado del aburrimiento de la muerte. 

Cuando llegó la hora de salir cargado en los arcones de los hombres que me llevaron a la iglesia, estalló el llanto en la casa. Sinceramente parecía una fiesta de lágrimas. Recordé a Julián, un viejo amigo de parrandas, quien dijo que cuando murió el cuarto alcalde corrupto del pueblo, él le escuchó decir a su abuelo, “Hijo, no hay muerto malo, lo llevarán en hombros como a ti.”

Sí, el abuelo tenía razón, porque la muerte salda todo y deja a los vivos sin argumentos, el muerto se lleva los rencores.

Mientras me llevaban en hombros sentía el movimiento de ola de la barca, que apresurada volaba a la iglesia. Cuando me depositaron en dos largas bancas, se escurrió el mareo. Los vivos creen realmente que el muerto, está muerto. No saben nada de la muerte, solo especulan mientras están en el velorio o lo llevan a uno al cementerio. En vida escuchaba a Ramón decir lo que decía Wilde que “… el que vive más de una vida debe morir más de una muerte.” O el chiste aquel de esquina: “No es tanto morirse, sino lo que dura el estar muerto.”

Nadie se atrevió a decir unas palabras sobre mí en la iglesia, solo el cura, al que le pagan para que diga las cosas buenas del difunto, inventadas, por supuesto, y siempre lo mismo a favor de todos los muertos. Pidió perdón por todos mis pecados, los conocidos y los desconocidos por las personas que asistieron a la ceremonia cristiana en el templo. Dijo que todo muerto escapa del tiempo presente de los vivos, porque él es una entidad atemporal despojado ya de las acciones del pecado. Dijo también que ya no valía la pena persistir con los rencores de los vivos, hay que dejarlos ir con el muerto, para descargarse de los odios y la venganza. “Concédale, Señor el perdón eterno.” 

Una vez me sacaron de la iglesia sentí otra vez el oleaje y el mareo y percibí la prisa y el silencio. Atravesamos seis calles hasta llegar al cementerio. Todos se fueron, menos la muerte.  

Hola, me dijo. 

Hola, le dije. 

¿Estás listo para despedirte definitivamente del mundo de los vivos? 

Estoy listo. 

El olor del cementerio invadió mis sentidos y recordé a todos mis muertos mientras lustraban con el cemento la portada de mi tumba, iluminada con el epitafio “Quisiera saber quién fue el que disparó primero.” Sellaron la bóveda y le vi a la calavera la sonrisa de siempre, sonrisa de muerte. 

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