La caribeñidad

Me quedé como el pez de la historia que David Foster Wallace les contó a los estudiantes de la Universidad de Kenyon: “Están dos peces nadando uno junto al otro cuando se topan con un pez más viejo nadando en sentido contrario. El pez más viejo los saluda y dice: «Buen día, muchachos. ¿Cómo está el agua?». Los dos peces jóvenes siguen nadando hasta que después de un rato uno de ellos mira al otro y pregunta: «¿Qué demonios es el agua?»”.

Un escritor español que conocí en el aeropuerto principal de Santo Domingo me manifestó su deseo de descubrir la caribeñidad. Viajamos en el mismo avión sin saberlo y los dos estamos aquí por la Feria del Libro. Su interés me hizo pensar que la caribeñidad debía estar en el líquido amniótico en el que yo flotaba antes de nacer; sin embargo, como el pez de Foster Wallace, me costaba explicarle de qué está hecha.

Debería seguir el consejo de un amigo y sumergirme en La isla que se repite. Leer a Antonio Benítez Rojo y, por lo menos, rozar el meollo de este asunto. Teniendo en cuenta que lo caribeño —como advierte el escritor cubano— contiene una densidad que envuelve la región en una compleja mezcla de signos capaz de enredar a los más avezados investigadores.

Estrené un cuaderno que pretende ser un mapa de observación de estos días. No tiene importancia que no llegue a ninguna parte. Lo que busco no son conclusiones sino sensaciones. El primer apunte de mi cuaderno dice: “Alsina está pintando a una madre con sus dos hijas sentado en una esquina del Parque Colón. Se queja de que se le está acabando la pintura negra. Le pregunto: «¿Cómo va la cosa, Alsina?». Abre los brazos en cruz y me dice: «¡Difícil! Pero tamo vivo»”.

La caribeñidad tiene que ver con algo que Antonio Benítez Rojo decía que no sabía describir. Él lo llamaba una “cierta manera”. Es lenguaje, ritmo y también movimiento. Una estética del placer que remite a lo poético para exorcizar la violencia que se ha extendido siempre por todas nuestras orillas. La cosa colonial, las minas, los cañaverales, las dictaduras, los huracanes, la injerencia extranjera, los abusos de los mandamases, la exuberancia, la escasez. La caribeñidad tiene que ver con la brega diaria por vivir, intervenida a ratos por las fugas que no nos sirven para ignorar que la cosa está difícil, pero sí para recordar, como dice el viejo Alsina, que estamos vivos.

El jueves entré a un bar musical que queda de camino al hotel. Me pareció curioso que un lugar tan pequeño ostente el título de “La catedral de la música caribeña”. Era temprano. No había parroquianos en el templo. Solo un hombre y una mujer conversando detrás de la barra. Me puse a mirar el altar que tienen en una pared azul añil. Miguelito Valdés en la caratula de Señor Babalú; un santito de dudosa reputación conocido como Héctor Lavoe vestido con traje elegante; Compay Segundo, patrón de las causas soneras, y, entre otros venerados del santoral rítmico, nuestra santísima trinidad de la poderosa inspiración: Celia Cruz, Johnny Pacheco y Pete el Conde Rodríguez.

Tener la catedral de la música caribeña para mí sola como que me estaba gustando. Cuando sonó la voz de Joe Arroyo cantando Yamulemao, pedí un trago de ese precioso líquido que destila la caña y me ubiqué en una mesa. En una pared que está en el lateral derecho de la entrada, mis ojos se encontraron de frente con Chencha y Bonyé.

La historia es bien conocida. Chencha iba atravesando un tramo del 12 de Haina con una lata de agua en la cabeza. Bonyé pisó el freno. Pasaba por esa calle al volante de un camión que transportaba hierro en la ruta de Hatillo-Haina. Chencha no sabía que a ese hombre que estaba a punto de conocer le habían hablado muchísimo de ella. Se la describieron con tanta precisión que, cuando la tuvo delante, Bonyé supo que era la mujer con la que quería bailar aunque se acabara el mundo. “¡Oye, Chencha!”. Ella se volteó a mirarlo y aceptó risueña su invitación para salir por la noche. Fueron a un local famoso de la ciudad, el Bigote. Ahí sonó El diablo tuntún y en la pista no quedó más nadie. “¡Al sueeeeelo, coño!”, gritó un hombrecito que estaba sentado con los pies colgando de un taburete. Se remenearon las placas tectónicas de toda la isla. El mundo no se acabó, pero la energía expansiva del temblor provocó réplicas infinitas. Bailaron en Santo Domingo, La Habana, Puerto Rico y Nueva York. Desde aquel primer encuentro, una noche de 1948, dicen que el son de Chencha y Bonyé sigue sonando suavecito y sin pausa.

Los recuerdo tal y como lucen en esa foto. Debe ser de la época en que iban a las veladas musicales que papi organizaba en nuestra casa. La recuerdo a ella con el moño de bucles, los tacones de hebilla y las piernas maravillosas. A él lo recuerdo con su porte gallardo, los breteles de colores y el anillo de piedra grande. Pero sobre todo recuerdo la emoción que me provocaban con su presencia. Aunque sabía de su celebridad, no era eso lo que me atraía. Era su “cierta manera” de vestir y de moverse, de mostrar un interés genuino en los demás, de mirarnos desde la misma altura. Era la apasionada entrega de sus cuerpos cuando se acoplaban en un baile. Era, supongo, su particular caribeñidad. Sorayda Peguero Isaac. Por estas calles. El Espectador, mayo 22-20222

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